Hace menos de veinte, pero al menos, quince años, mi amigo Eduardo y yo, aparentemente, perdíamos el tiempo.
Yo había abandonado mi primera carrera universitaria y otro tanto había hecho él.
Como condena divina por nuestro atrevimiento, debíamos escuchar a su insistente madre exponiendo las virtudes de una temprana y ortodoxa decisión vocacional.
Como con toda persona insistente, sus discursos recorrían los mismos y gastados lugares. Tanto los recorrían que creo que a sus palabras se les salía la pintura.
De todos modos, aún en jirones, gastadas, sus palabras, creo, producían algo de incertidumbre.
Esa incertidumbre era avivada por alabanzas a un vecino de mi amigo:
El muchacho tenía, más o menos, nuestra edad pero gozaba de la adoración de sus padres.
Tenía el cabello corto, estaba bien afeitado y anteojos. Hasta allí los rasgos de pulcritud.
La camisa a cuadros y el pantalón subido por encima del ombligo nos brindaban la tranquilizadora sospecha de que, en el fondo, sobre todo por la camisa a cuadros, este tipo era un idiota.
A pesar de ello, la madre de Eduardo siempre auguraba a ese papanatas un destino de grandeza y, ¿qué cosa es la grandeza para una madre judía tradicionalista si no es un hijo médico?
La última vez que lo vimos, entonces, se iba a comer, con sus padres, un sábado a la noche, a un tenedor libre chino kosher y lo dejamos ir convencidos de que no constituía ejemplo a emular.
Hace algunos días todas mis creencias fueron puestas a prueba.
Por cuestiones laborales tuve que visitar un hospital en el viejo barrio de Eduardo y, cuando salí, decidí comer un sandwich en un kiosco cercano.
Mientras esperaba que el gerente del establecimiento, friera mi milanesa algo inesperado sucedió:
Veo a este sujeto parado en la puerta del kiosco. Sonriente, contento. Portando su clásico gesto lobotomizado.
Repentinamente mi sentido común hizo una conexión: "La madre de Eduardo tenía razón, este tipo ahora es médico y yo sigo extraviado en la existencia".
Pobre mente mía. Hay que entender que tenía la panza vacía y que estaba a diez metros de un hospital. ¿Qué otra cosa iba a hacer este clon de Bill Gates con camisa a cuadros si no era salvar a niños moribundos?
Pero algo no funcionaba.
El tipo sonreía desde la puerta pero no entraba al local.
Todo me lo iba a revelar el sandwich de milanesa.
Cuando el titular de la firma me entregó mi refuerzo caminé hacia la puerta dispuesto a sentarme en una de las tres pequeñas mesas con las que contaba el establecimiento y, fue entonces que entendí.
El ejemplo de vida no entraba al local porque arrastraba un changuito de los de antaño en el que llevaba vasos de papel, sorbetes y otros elementos descartables que iba ofreciendo de puerta en puerta y, dadas las dimensiones del local, el ingreso de su pequeña carga habría desalojado a toda la clientela, lo cual ya no era un problema para mí ni para mi emparedado pero sí para el kiosquero.
No es que la venta ambulante de sorbetes sea indigna. Sin dudas, su valor moral lo coloca a eones de digamos, un gerente de un pool sojero.
Pero... ¿dónde quedó el fulgurante futuro? ¿Dónde esta el premio por adaptarse?
No lo sé.
Esa vez algo no era como me dijeron.
Y así termina la historia. Con un final un poco triste. ¿Qué esperaban?
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