sábado, abril 14, 2007

Gracias por el fuego

Alejandro iba conmigo a la escuela. Lo conocí en cuarto o quinto grado. Había algo que me llamaba la atención: había heredado la bicicleta de su padre. A él parecía no gustarle mucho el asunto.
Supongo que le hubiera gustado tener una, especialmente comprada para él.
Durante mucho tiempo pensé que lo más angustiante del asunto era saber que sus padres no tenían el dinero para comprarle una nueva. Ahora me doy cuenta de que había algo más. Algo verdaderamente preocupante...
Es bicicleta maldita había sobrevivido a la infancia de su padre e iba en camino de extenderse mas allá de su existencia.
De seguro Alejandro, mientras agonizara su padre, estaría viendo a su propio hijo pisar esos malditos y eternos pedales que seguirían allí hasta el fín de los tiempos cuando el género humano se haya extinguido.
No sé que fue de Alejandro, pero una de las últimas cosas que hicimos juntos fue subir a ese rompehielos que se incendia en el mar.
Recuerdo que me sentí muy pequeño. Demasiado. ¡Hasta tenía un hangar asfaltado para un helicóptero! Supongo que por un rato nos sentimos igual de pequeños, insignificantes y perecederos.
Mientras veo como te quemas, como te hundes pienso que al menos... Al menos a tí, barquito naranja, sucio de carbón, te sobreviviremos.

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